Las reflexiones de Fr. Juan Manuel
Hombre - Mujer, Esposo - Esposa, Pdre - Madre
Pienso que el análisis realizado por las CEBs puede interesar a los lectores. Por eso, de forma muy esquemática, voy a presentar el proceso seguido en el análisis y las soluciones a que llegaron.
Relaciones en la pareja.
El núcleo de una familia está constituido por los padres y los hijos, aunque puede haber otros familiares bajo el mismo techo. La pareja, él y ella, son los responsables de que la familia “funcione”, pues los dos, con su ejemplo y dedicación, deben marcar el estilo de vida y las relaciones entre los miembros de la familia.
En las relaciones entre la pareja hay tres dimensiones: hombre-mujer, esposo-esposa, padre-madre. Por una parte, estas tres dimensiones reflejan la responsabilidad o la negligencia que le corresponde a cada uno dentro de la familia y, por otra parte, están tan íntimamente implicadas entre si que, si se falla en una, se falla en todas.
Relación hombre-mujer.
Dos elementos permiten afirmar si un varón es realmente un “hombre” y si una hembra es verdaderamente una “mujer”:
1º) Pleno desarrollo o madurez corporal y psicológica. Oficialmente se supone que la madurez se alcanza con la mayoría de edad, a los 18 años. Pero no siempre es seguro que a los 18 años se haya llegado a la madurez.
2º) Ser responsable. La responsabilidad dentro de la familia supone, en primer lugar, saber a qué se comprometen al casarse; después, tener capacidad para cubrir las necesidades de la familia y, en tercer lugar, estar dispuestos a sacrificar, si fuera necesario, sus deseos personales por el bien de la familia. La necesidad de sacrificarse por el bien de la familia llegará con toda seguridad.
Formar una familia sin estos tres requisitos (madurez, responsabilidad y disposición) es meterse en un lío que terminará en un fracaso. Esto está claro.
La triste situación de muchas familias se explica por el hecho de que muchas parejas han formado una familia sin tomar en serio la responsabilidad que exige ese acto. En una situación así no es fácil encontrar salida, porque un hombre y una mujer, que forman una familia sin estar preparados, no pueden orientar a sus hijos. Posiblemente ni se dan cuenta del problema y echan la culpa al destino o a la mala suerte. Sus hijos, a su vez, formarán mañana otra familia parecida y así sucesivamente de generación en generación. Estamos metidos en un círculo vicioso.
Relación esposo-esposa.
El matrimonio es una vida compartida entre un hombre y una mujer; dos proyectos personales de vida que se funden en un proyecto común, asumido y compartido por los dos. La Biblia habla simbólicamente de la pareja como “carne de mi carne y hueso de mis huesos” (Gen 2, 23) y el lenguaje popular alude a la “media naranja”; dos mitades de una misma naranja, que se juntan.
La palabra esposo/a está emparentada con la idea de atadura: un hombre y una mujer unidos por un lazo. Hay muchas razones para casarse: el dinero, la posición social, el deseo de conseguir una visa... Pero el único lazo, que de verdad puede unir a un hombre y a una mujer para que sean esposo y esposa, es el amor. El evangelio da por supuesto que la unión entre esposo y esposa llega tan hondo que hace de los dos uno solo (Mt 19, 6)
Si la cosa es así, en la relación entre esposo y esposa no cabe la imposición de uno sobre el otro; ni la sumisión de uno debajo del otro. La forma de comunicarse es el diálogo; nunca “el ordeno y mando”; las decisiones se toman por consenso y en la solución a los problemas no se tiene en cuenta los gustos o deseos personales, sino el bien de toda la familia.
Pero ¿cómo lograr que la relación esposo-esposa sea una relación entre iguales, si se sigue pensando que “el hombre es de la calle” o que “en la casa mando yo”? ¿Cómo salir de la dificultad de entenderse si él o ella, o los dos, no saben hablar sin levantar la voz?
La solución en este caso tampoco parece fácil; los consejos resultan inútiles, porque no se aceptan: “métete en lo tuyo”. Habría que pensar que uno de los dos tenga la suficiente sensibilidad para peguntarse: y yo ¿qué puedo hacer para cambiar esta situación? Y empiece.
Relación padre-madre.
Con la aparición de los hijos, la relación de la pareja adquiere otra dimensión: la de padre-madre. La paternidad y la maternidad comienzan con el nacimiento de los hijos, pero no terminan ahí. Después viene otra tarea, sin duda, mucho más delicada: la crianza y la educación de los hijos. Las tiernas existencias humanas, que ellos trajeron al mundo, piden el cuidado y la atención de sus padres: salud, alimentación, ropa, escuela, formación, etc. Y esto exige: cuidado, atención, mucho cariño y sacrificio.
No podemos olvidar que la tarea de la paternidad y de la maternidad no es alternativa: uno u otro, sino inclusiva: uno y otro. La presencia y actuación del padre en la formación de los hijos es tan necesaria como la de la madre.
Es fundamental saber qué se quiere para sus hijos. ¿Qué tipo de hombre, qué tipo de mujer tienen los padres en mente para su hijo o para su hija? ¿Hacer del niño un macho? ¿Hacer de la niña una muñeca caprichosa? El objetivo primordial es lograr que los hijos, al llegar a la mayoría de edad, sean hombres y mujeres, que saben caminar en la vida con dignidad.
Ahora díganme ¿Cómo podrá ser buen padre uno que afirma “yo no tengo hijos; es mi mujer la que los tiene”? ¿Cómo puede realizar la tarea de madre una mujer que confía la educación de los hijos a la abuela, porque le quitan tiempo para ir al salón, a la fiesta…?
¿Hay solución?
Tiene que haberla. Para un cristiano siempre hay esperanza. Todos los grupos estuvieron de acuerdo en que es necesario parar el proceso degenerativo de parejas que no saben orientar a sus hijos, ni éstos a los suyos y así en adelante. Pero ¿por dónde empezar? Pensando en el futuro el primer paso sería orientar a los jóvenes antes de que se “casen”. Los primeros responsables serían los padres, pero sabemos que, en muchos casos, los padres se han separados y, aunque vivan juntos, uno de ellos o los dos no están para dar consejos; son ellos los que los necesitan. Por eso se vio imprescindible la ayuda de la comunidad eclesial, que puede revestir muchas formas, que no se excluyen entre si: el testimonio de las parejas que han formado una familia estable; aprovechar la amistad con las familias en problemas; organizar cursos de formación sobre el noviazgo, sobre la responsabilidad que supone formar una familia; crear espacios no viciados donde los jóvenes puedan encontrarse…
Final:
1.- Quizás sean demasiadas cosas para una vez. Les dejo a ustedes como tarea seguir la reflexión, sacar las consecuencias y hacer las aplicaciones pertinentes. Les aseguro que vale la pena.
2.- A los que piensan que no se tiene en cuenta el aspecto religioso, en un tema tan importante como es la familia, les digo que la responsabilidad de formar una familia y la manera de relacionarse la pareja no es cuestión de fe, sino obligaciones de orden natural, que Dios ha dejado en nuestras manos. La religión o la fe no suplen los fallos de responsabilidad de la pareja, sino ilumina y motiva a la pareja creyente para realizar su tarea de acuerdo con el plan de Dios.
Les prometo tratar este asunto en el próximo número: la familia iglesia doméstica.
Juan Manuel Pérez
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