Las reflexiones de Fr. Juan Manuel
La gente que sobra (Enero 2010)
Con frecuencia se emplean términos de exclusión para hablar de personas o de grupos humanos. Hablando con Mons. Pepén sobre la situación en que vivían los campesinos, usé la palabra marginación y él me corrigió: “No me gusta esa palabra. Me huele mal”.Y tenía razón. No es apropiado usar palabras que se refieren a cosas que no sirven y se botan cuando se habla de personas humanas. De todos modos, lo malo no está en los términos que se emplean, sino en la realidad de exclusión en que vive la gente.
Desde el comienzo de la historia siempre hubo divisiones dentro de la sociedad. Unos grupos dominaban, mandaban y disponían de todos los medios dejando a los otros sin la posibilidad de participar con los mismos derechos en los bienes comunes.
La división de clases tan profunda y está tan enraizada en el egoísmo humano que quedó fijada para siempre en el lenguaje, el medio que tenemos para manifestar nuestra manera de pensar. Nos identificamos como nos-otros, miembros de un grupo distinto. Distintos y, por supuesto, superiores a los demás. En el diccionario hay una serie de términos contrapuestos y ligados entre sí que indican la división en clases dentro de la sociedad: libres-esclavos; señores-siervos; nobles-plebeyos; patronos-obreros, ... Y en la base de todas las divisiones: ricos y pobres.
Muchas de estas clasificaciones han desaparecido. Por ejemplo, ya no se habla de esclavitud, ni de servidumbre, ni de plebeyos. Pero, en su lugar, aparecieron otras que resaltan la exclusión o el rechazo de grupos humanos y de países enteros. Hoy se habla de marginados, de refugiados, de los que no tienen voz, de los olvidados, de la gente que sobra, de países del tercer mundo y también del cuarto mundo.
Gente que sobra en el mundo. En el panorama mundial se cuenta por millones la gente que sobra, porque no tienen sitio en la sociedad. Hay más de 37 millones los refugiados; son millones los desplazados por distintos motivos dentro del propio país; para 1.200 millones no hay alimentos para saciar el hambre; son millones los que no tienen acceso al agua potable, a la electricidad, a la escuela, a la sanidad; son millones los desempleados, los parados, que no encuentran trabajo. Toda esta gente está de sobra; no caben en la sociedad.
Y también entre nosotros. Cuando oímos hablar de la situación de los excluidos de los bienes necesarios en que vive tanta gente, miramos para otra parte, porque pensamos que eso no puede pasar aquí, en nuestro país. Pero, como en todas partes, también en República Dominicana hay gente que está de sobra. A pesar de que cada año aumenta la producción de bienes y la riqueza del país, el número de pobres, de excluidos, también aumenta. Así se explica que el 10% de la población más rica acapare y se apropie la mitad de la riqueza, mientras que el otro 10% de la población más pobre se quede con sólo el 5%, que equivale a una migaja. En el balance a finales del año 2008 había 3.6 millones de pobres y entre ellos más de un millón eran indigentes. Esta situación no creo que haya cambiado mucho en el año que acaba de terminar.
A fin de tranquilizar nuestra conciencia, decimos que la marginación en que vive tanta gente es por culpa de ellos. Y los acusamos de que son unos haraganes o que no se han preparado. O echamos la culpa a la suerte que le tocó a cada uno o al destino que cada uno tiene fijado. Aún se oye hablar de “los desheredados de la fortuna”. Pero no es el destino ni la suerte lo que explica que haya tanta gente de sobra, sino que es la consecuencia de un sistema que favorece a unos pocos excluyendo a otros muchos. El sistema socio-económico, que regula la producción y distribución de los bienes, no tiene como prioridad producir bienes para cubrir las necesidades de la población, sino busca aumentar la ganancia y el lucro. En este sentido, no hay pobres, sino empobrecidos; excluidos y marginados.
¿Esta situación tiene algo que ver con nuestra fe? Sí y mucho.
La Biblia, desde el primer capítulo, revela el proyecto de Dios para el ser humano, afirmando que Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza (cf Gen 1, 27s) Es decir, todos los hombres y mujeres son imagen y semejanza de Dios, sin distinción de ninguna clase. En el proyecto de Dos nadie está excluido.
En la línea del relato de la creación el Salmo 8 canta la grandeza y la primacía del ser humano sobre toda la creación: “Lo hiciste poco inferior a los ángeles; lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos”. No cabe la marginación, la exclusión, no puede haber gente de sobra. El destino natural de los bienes de la tierra es cubrir las necesidades de los seres humanos y, por el contrario, apropiarse de los bienes para satisfacer la avaricia y el egoísmo personal o de grupos privilegiados, impidiendo con ello que los necesitados puedan disponer de los bienes necesarios para llevar una vida digna, está en contra del plan de Dios.
La actitud y la enseñanza de Jesús en relación con la gente excluida de la sociedad son aún más precisas y concretas. San Juan, apoyado en una afirmación de Caifás, dice que Jesús entrega su vida para congregar en uno a los dispersos hijos de Dios (cf Jn 11, 50-52) Es decir, en el proyecto del Reino nadie está de sobra, nadie puede ser excluido ni marginado.
Jesús veía a toda la humanidad, a todos los hombres y mujeres de todas las razas y culturas, formando un solo rebaño bajo un solo pastor (cf Jn 19,16) Jesús vino para que todos tengan vida y tengan vida en abundancia (cf Jn 10,10)
¿Cuál debe ser nuestra postura como seguidores de Jesús ante los marginados?
Nuestra postura debe ser, como es natural, la misma de Jesús.
1.- Sentir compasión como la sintió Jesús. Viendo Jesús el gentío sintió compasión porque estaban cansados y decaídos como ovejas sin pastor (Mt 9,36)
La compasión es uno de los grandes valores que Jesús propone y exige como condición para ser sus discípulos:
- Jesús proclama bienaventurados a los compasivos (Mt 5,7) Algunos, en lugar de compasivos, traducen misericordiosos, pero compasión y misericordia son dos hermanas mellizas y ambas, aunque con matices diferentes, tienen el mismo significado: sentir pena por los males que padecen los otros.
- En otro pasaje Jesús pide:”Sean compasivos, como el Padre de ustedes es compasivo” (Lc 6,38) Tener compasión, sentir pena por el mal que sufren otros debe ser la nota distintiva de la familia cristiana.
Con estos presupuestos podemos entender la segunda parte del texto de san Mateo: Entonces Jesús dice a los discípulos: la mies es mucha, los operarios pocos (Mt 9,37) Es decir, hay mucha gente abatida y abandonada. Hacen falta personas dispuestas a trabajar para sacar a esa gente del abatimiento y del abandono para que se integren en la convivencia social. Cualquiera que se sienta discípulo del Señor verá aquí una invitación a la solidaridad. Jesús cuenta con nuestro esfuerzo para que nadie quede marginado.
2.- No mirar para otro lado. La situación de marginación afecta a millones de personas esparcidas por todos los países del mundo. Es evidente que el remedio no está a nuestro alcance. Pero en el ambiente en que nos movemos a diario, posiblemente en la propia familia, hay personas que tenemos al margen. Por poner algunos ejemplos: cuando el hombre toma una decisión que afecta a toda la familia, ¿tiene en cuenta la opinión de la mujer o prescinde de ella? Cuando se trata de orientar a los hijos con problemas y nos excusamos diciendo que no tenemos tiempo para atenderlos ¿no estamos diciendo que no los tenemos en cuenta? Cuando pasamos la tarde del sábado bebiendo cerveza con amigos ¿pensamos que quizás después no quede dinero para la cena de los hijos?
Echemos una mirada a nuestro barrio, a nuestra comunidad ¿no vemos personas, familias enteras, abatidas y abandonadas? ¿Hemos pensado que podemos hacer algo por ellos? Con frecuencia hay manifestaciones para reclamar derechos y servicios ¿nos integramos al reclamo o pensamos que eso no es asunto mío?
3.- Cambiar nuestra manera de pensar. Para sentir compasión por los excluidos de la convivencia social no podemos seguir pensando que el abandono y la exclusión en que vive tanta gente son algo natural; que Dios lo quiere así. ¡Qué se va a hacer! Es una idea falsa, pues si hay gente que vive marginada en la sociedad es consecuencia de las injustas estructuras sociales y, después de todo, del comportamiento de mucha gente. Si seguimos pensando de esta manera no entenderemos la actitud ni la praxis de Jesús y tampoco lo seguiremos.
4.- Y, al final, una pregunta: ¿Somos capaces de sentir compasión?
Fr. Juan Manuel Pérez op
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