Las reflexiones de Fr. Juan Manuel
Dios no estaba en el terremoto (Marzo 2010)
He seguido con atención las crónicas y los reportajes de la tragedia que me impactó en lo más hondo y reflexionando llegué a una conclusión rara, por no habitual: El desastre ya estaba allí; el terremoto lo puso de manifiesto.
El terremoto fue como un llover sobre mojado, dejando al descubierto una situación social insostenible, consecuencia de la ausencia a lo largo de la historia de estructuras políticas, jurídicas, sociales y económicas. Haití ya era un estado fallido. Precisamente, a fin de evitar el colapso del país, el Consejo de Seguridad de la ONU decidió, en el año 2004, establecer en Puerto Príncipe una misión de estabilización (MINUSTAH), que ampliaba otras misiones anteriores de menor alcance.
El colapso de Puerto Príncipe como símbolo. Todos los edificios públicos, sede de los distintos departamentos del gobierno: Palacio Nacional, Palacio de Justicia, Cámaras de Diputados, cuarteles y puestos de la policía y del ejército quedaron destruidos.
¿No se podría pensar que el derrumbe de los edificios, que albergaban los distintos ministerios del gobierno, es un símbolo de que cayeron porque no valían?
Los gobiernos de turno, a lo largo de toda la historia, con demasiada frecuencia, subieron al poder por la vía del fraude, por golpes de estado o como la aceptación de una herencia familiar. Han ejercido el poder como si fuera un privilegio personal, de un grupo o como una propiedad privada que se administra a capricho, olvidando que la razón de ser de un gobierno es el bien del pueblo: hacer posible que todos los ciudadanos tengan asegurada la satisfacción de sus necesidades básicas: comida, salud, vivienda, educación, seguridad y protección de los derechos de todos sin distinción. La convivencia pacífica, el gran bien de la paz social, se apoya en el disfrute de estos derechos fundamentales. Al no tener garantizados los derechos humanos fundamentales, surgieron conflictos, violaciones del orden público y, con el pretexto de reclamar los derechos ciudadanos, se multiplicaron los grupos armados y los golpes de estado.
Sin embargo, no todo es culpa de los gobiernos que se sucedieron en Haití. Hay que tener en cuenta que la política de un país está condicionada por la política exterior de otros países más poderosos. En el caso de Haití: fue una colonia de Francia por más de dos siglos y muchos de los efectos negativos del coloniaje aún no han sido superados. Como tantos otros países, Haití sufrió los abusos y las injusticias en el manejo (manipulación) de las deudas externas. Precisamente Estados Unidos justificó la ocupación militar de Haití durante 20 años (1914-1934) con el pretexto de cobrar una deuda. Haití, y no es una excepción, tiene que aceptar los abusos e injusticias del comercio exterior para no quedar marginado y, como consecuencia tiene que vender sus productos a bajo precio y comprar los bienes que importa a precios muy altos.
¿Símbolo también del fracaso de la misión de la ONU? El hotel de siete plantas, donde tenía su sede la misión de la MINUSTAH, también se derrumbó, causando la muerte a más de medio centenar de funcionarios, inutilizando al mismo tiempo su capacidad de ayuda a los damnificados. ¿No se podría interpretar también el derrumbe de la sede de la ONU como signo de la ineficiencia de su misión de ayuda?
La presencia de MINUSTAH durante seis años, con el despliegue de 6.000 soldados por toda la geografía del país, ocultó – no resolvió - el estado de inseguridad en que vivía la población y, por otra parte, el suministro de alimentos distribuidos por más de 10.000 ONGs alivió en parte el hambre, pero la erradicó. De esta manera la presencia de la ONU y la ayuda de las ONGs aliviaron la situación de emergencia, pero no resolvieron el problema de fondo. La manera de administrar la ayuda que viene de fuera tiene las características de un nuevo tipo de coloniaje, pues, aunque oficialmente todo lo relacionado con la ayuda es competencia de la ONU, de hecho es el gobierno de Estados Unidos el que la administra. ¿Se puede justificar el despliegue de 15.000 soldados para coordinar el reparto a la ayuda?
Todo está bajo la dirección de funcionarios venidos de afuera; el gobierno actual de Haití, al parecer, ha quedado al margen o lo han marginado y al pueblo se le pide que forme filas para recibir la ayuda. Por esta camino la ayuda para reconstruir el país va a dejarlo en permanente dependencia de la ayuda exterior. La reconstrucción de Haití no se reduce a levantar los edificios caídos. Es una tarea mucho más seria y delicada, pues se trata de reconstruir el país desde los cimientos: dando al pueblo la oportunidad de crear sentimientos de autonomía, de pertenencia a un país y la capacidad para convivir como miembros de una misma sociedad: todos con los mismos derechos y los mismos deberes. Esto no se logrará sin la integración de toda la población y la actuación de gobierno.
El derrumbe de la sede de la ONU en Haití se puede interpretar como símbolo, no sólo de la nulidad de la misión de la ONU, sino también de la nulidad de la misma ayuda.
¿Símbolo también para la Iglesia?
El terremoto derrumbó la hermosa Catedral de Puerto Príncipe y prácticamente todos los templos parroquiales de la Iglesia católica y los templos evangélicos.¿Habría que considerar también el colapso de los edificios como símbolo de la inutilidad de las distintas iglesias?
La población haitiana en su mayoría está bautizada en la iglesia católica; algunos (quizás muchos) la abandonaron engrosando las sectas evangélicas. Pero la mayoría sigue compaginando la fe católica o la evangélica con las prácticas del Vudú. La fe en Dios y en Jesucristo, como enviado del Padre no ha sido capaz de hacer real el gran deseo de Jesús: que todos sean uno para que el mundo crea que Tú me enviaste (cf. Jn 17, 21-22). En cambio, han propiciado o permitido, unos más que otros, la actitud de rechazo mutuo, haciendo imposible el mandamiento del Señor: ámense unos a otros y así demostrarán que son discípulos míos (cf Jn 13, 34-35).
“Dios no estaba en el terremoto” (1Re 19,12)
Basadas en falsas perspectivas del sentimiento religioso han aparecido lecturas del terremoto de Puerto Príncipe difíciles de aceptar. Menciono sólo dos totalmente contrapuestas.
Una, tratando de conjugar la omnipotencia divina, la maldad humana y el castigo, llega a la conclusión de que el terremoto fue un castigo de Dios. Ahora bien, los más “castigados” por el terremoto han sido los más pobres. ¿Se puede admitir que los pobres son los malos?
Desde otra visión religiosa algunos han hecho la lectura contraria. Los muertos en el terremoto no son los castigados, sino los salvados, pues Dios los sacó de esta vida miserable y los llevó consigo al cielo. Una pregunta: ¿y Dios no podía haberlos llevado sin darles antes tantos golpes? Por otra parte, si fuera así, Dios estaría tirando piedras contra el tejado de su casa.
Los terremotos son la consecuencia de la eficacia de las causas que regulan y explican el orden natural; la constancia y eficacia de esas fuerzas es la que permite hablar de un orden natural y son la base de las ciencias naturales. El ser humano tiene capacidad para descubrir y regular esas causas y sus efectos. Si no puede prever cuándo van a acontecer, como es el caso de los terremotos, sí puede prevenir sus efectos: construcción de las viviendas en lugares seguros, usar las técnicas antisísmicas en la construcción, preparando refugios de acogida y buen servicio informativo, ...
Pensar que Dios anda metido en medio de los factores naturales, provocando caprichosamente su actividad o anulando sus efectos, equivale a rebajar a Dios al ámbito de las causas naturales, compitiendo con ellas con ventaja. Pero Dios no está ahí. Hay que buscarlo en otro lugar. Confundir la “lógica” (gratuidad) de la gracia con la “lógica” (necesidad) de las causas naturales es un error de funestas consecuencias para la vivencia y la manifestación de la fe cristiana. Se trata de dos órdenes, de dos niveles, diferentes.
El profeta Elías llegó a conocer que Dios no estaba en el terremoto, como tampoco estaba en el huracán, ni en el incendio (cf 1 Re.19)
El terremoto como símbolo universal
El colapso, que provocó el terremoto de Haití, es símbolo también para de la situación insostenible en que viven otros muchos países. Cualquier acontecimiento imprevisto o accidente, aunque no sea tan fuerte como el terremoto de Haití, pueden dejar de manifiesto su situación de inviabilidad.
En el fondo el terremoto de Haití es símbolo del fracaso de todo proyecto serio en vida humana. Pongamos, por ejemplo, la familia, proyecto de vida compartida por la pareja, basado en la entrega sin condiciones y en el amor sin límite, un proyecto de vida bendecido por Dios. Cuando fallan estas bases, la familia es sólo una apariencia y basta cualquier dificultad – una pequeña discusión, por ejemplo -, para que llegue la separación. La dificultad surgida no es la causa de la separación, sino símbolo de que la familia ya no existía.
El simbolismo del terremoto de Haití vale también para cualquier proyecto personal, considerado como parte constitutiva del gran proyecto de la vida. Cuando no se ha asumido con seriedad el proyecto de vida humana, cualquier acontecimiento exterior o cualquier actitud personal pueden dejar al descubierto que no teníamos ningún proyecto o no lo habíamos tomado en serio.
Fr. Juan Manuel Pérez op
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