Las reflexiones de Fr. Juan Manuel
Levántate y anda (Abril 2010)
Pienso que es un tema importante. Si de veras fuéramos sinceros en el análisis de nuestras relaciones, conoceríamos quiénes somos y por qué tratamos a la gente como lo hacemos.
¿Cómo se relacionaba Jesús con la gente de su tiempo? Jesús tenía conciencia clara de haber sido enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia de parte de Dios (cf Lc 4, 16s) Por eso los relatos del evangelio manifiestan la preferencia que tenía Jesús en relacionarse con la gente humilde y sencilla y, de manera especial, con los abandonados: enfermos, afligidos, pecadores. En su compañía se sentía a gusto y los atendía con cariño.
Un día Jesús decidió ir a la piscina de Betseda (Jn 5 1s) donde se aglomeraban muchos enfermos: ciegos, cojos y tullidos que esperaban recuperar la salud o, al menos, alivio bañándose en la piscina a cuyas aguas atribuían efectos medicinales. ¿Qué fue a buscar allí Jesús? Él quería ver y comprobar directamente el sufrimiento y el abandono en que se encontraba la gente. El relato de Juan sólo habla del encuentro con un tullido, acostado en la camilla, de su curación y de las consecuencias posteriores, pero hay que suponer que Jesús en aquella visita compartió con otros muchos enfermos.
Jesús, al ver a tantas personas desvalidas, sentía pena por ellos y manifestaba su compasión, tanto a nivel colectivo: “Al ver a la muchedumbre sintió compasión de ella porque estaban cansados y decaídos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36-37), como a nivel individual: al ver Jesús a la viuda detrás del féretro de su único hijo, tuvo compasión de ella. “No llores”, le dijo. Se acercó al féretro, mandó al joven muerto que se levantara y se lo entregó vivo a su madre (cf Lc 7, 11 s) La compasión es, sin duda, una de las claves que debemos tener en cuenta si queremos comprender cómo trataba y se relacionaba Jesús con la gente.
Jesús no reducía sus relaciones a la gente sencilla, pues no excluía a nadie. Para demostrarlo basta recordar el encuentro con Nicodemo durante toda una noche (cf Jn 3); la visita a Zaqueo en su propia casa, a pesar de la fama que tenía de ser un ladrón (cf Lc 19, 1-10); aceptó la invitación de Simón, el fariseo, a un banquete (cf Lc 7, 36a); la larga conversación con la samaritana (cf Jn 3)
Con la gente importante, que despreciaban y abusaban de los pobres, Jesús mantenía siempre un trato natural y sencillo, sin ofrecerles el trato deferente que tanto les gustaba a ellos y que exigían de la gente. Con frecuencia Jesús manifiesta su malestar con ellos y el encuentro se tornaba tenso y caía con frecuencia en discusión. Ellos (sacerdotes, escribas y fariseos) le acusaban continuamente de andar rodeado de gente despreciable, los pecadores y los publicanos, de participar en sus comidas y de quebrantar la ley del descanso sabático. ¿Con qué autoridad haces todo eso?, le preguntaban. Jesús trató de convencerlos de que él no pretendía abolir la ley ni los profetas, sino de darles el verdadero sentido, de llevarlas a la perfección. El diálogo no era fácil ciertamente, porque ellos, con su interpretación legalista y con los numerosos añadidos que habían puesto a la ley de Moisés, la habían convertido en una carga insoportable para la gente; prácticamente imposible de cumplir. Jesús sentía pena por la situación en que vivía el pueblo y no aceptaba que los despreciaran. En una ocasión les mandó ir a la Escritura para comprender lo que significa: “misericordia quiero y no sacrificios” (Mt 12, 7)
Con el fuete en la mano. Resulta difícil comprender el alcance de la indignación de Jesús cuando expulsó a los mercaderes del tempo con un látigo en la mano (cf Jn 2, 13s) o la mirada cargada de ira a los jefes de la sinagoga porque no querían que curase a un enfermo en sábado (cf Mc 3, 15) Jesús manifestaba su enfado e indignación cuando veía actitudes que no podía justificar bajo ningún pretexto. En concreto, cuando veía que los responsables de la interpretación de la ley Dios la utilizaban para someter y condenar a la gente sencilla, y, más en concreto, cuando veía que reducían el culto a un costoso ritual impidiendo con ello que la gente experimentase la misericordia de Dios y encontrase el camino para acercarse a Él. Jesús no podía aceptar la corrupción de la ley y de la religión haciendo de ellas un instrumento, no de liberación, sino de dominio y de condena de la pobre gente.
Este es el trasfondo de las duras recriminaciones que Jesús hace a los escribas y fariseos a quienes llama hipócritas, sepulcros blanqueados, que ni ustedes entran y, lo que es peor, no dejan que otros entren (cf Mt 23)
Las relaciones personales en el Reino. Jesús, en sus relaciones con la gente de su tiempo, señala cómo deben ser las relaciones interpersonales en el Reino de Dios. Destacamos dos de sus características:
Primera: la sinceridad: En una oportunidad advirtió a los discípulos: “cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía” (Lc 12,1), porque dicen, pero no hacen; andan siempre preocupados por ocupar los primeros puestos y que la gente les salude en la calle. Todo lo que toca la levadura de la hipocresía queda desvirtuado. Contra el espíritu de ostentación, de apariencia y de falsedad, Jesús propone la sinceridad y la trasparencia. Cuando sea sí, digan sí y cuando sea no, digan no (Mt 5, 37) La veracidad de lo que se afirma o se niega no necesita la confirmación de testigos externos, aunque se les convoque bajo juramento.
Segunda: cambio radical del concepto y del ejercicio de la autoridad. Esta advertencia aparece repetidas veces en el evangelio, porque los discípulos peleaban por cualquier motivo por ver quién ocupaba los primeros puestos o era más importante a los ojos del Maestro. Una de esas disputas ocurrió antes de la última cena. Jesús les dice: Los reyes (los que gobiernan) de las naciones se comportan como si fueran dueños de ellas y, a pesar del someterlas, se hacen llamar bienhechores. Ustedes no deben ser así; al contrario, el que gobierna debe hacerlo como el que presta un servicio. Y se pone él mismo como ejemplo: ustedes me llaman con razón Señor y Maestro, pues ya ven que estoy entre ustedes como el que sirve (cf Lc 22, 24-27 y Jn 13, 13) La autoridad es capacidad para hacer crecer a las personas y es un error de funestas consecuencias identificarla con el poder de dominar y oprimir.
Levántate y anda. Con estas palabras curó Jesús al tullido de la piscina de Betseda: “Levántate, carga tu camilla y anda” (Jn 5, 8) Esta frase es como el resumen de todo el evangelio. Jesús conocía muy bien el proyecto de Dios cuando creó al ser humano, hombre y mujer, a su imagen y semejanza. Dios lo envió al mundo para que el ser humano, sin distinción de ninguna clase, pudiera vivir y relacionarse de acuerdo con la grandeza y la dignidad inherente a todo ser humano, que había perdido por el pecado. Levántate y anda, aunque sea cargando con la camilla de tus deficiencias y debilidades.
Fr. Juan Manuel Pérez op
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