Las reflexiones de Fr. Juan Manuel
Duelo a vida o muerte (Mayo 2010)
La Pascua es la gran fiesta del cristianismo, pues en ella celebramos el misterio de la redención con la muerte y resurrección del Jesucristo, que proclamamos como el sacramento (misterio) de nuestra fe. No se trata de una verdad que aprendimos de memoria, sino que afecta a nuestra vivencia en la relación con Dios como Padre.
1.- El Dios de la vida. Entre los atributos, que la Biblia aplica a Dios creador, destaca la nota de que es un Dios vivo, porque es el Dios que da la vida, mientras que los otros dioses son ídolos, que llevan a la muerte.
En la Biblia aparece una especie de dialéctica entre la oferta de la vida por parte de Dios y el rechazo de esa vida por parte del hombre. El cielo y la tierra son testigos de que ante ti está la vida o la muerte, la bendición o la maldición. Escoge la vida para que vivas tú y tu descendencia (cf Dt 30, 15-20)
Es verdad que aparecen otros muchos textos que hablan de amenazas, de condenación y de castigos, pero son avisos de que, fuera del proyecto de Dios, no hay vida, sino corrupción y muerte. Dios no hizo la muerte ni se alegra de la perdición de los mortales (Sb 1,13) y, a pesar de que tenemos la cabeza dura, Dios sigue y seguirá amándonos y ofreciéndonos la vida. ¿Prueba? Dios amó tanto al mundo que le entregó su propio Hijo para que los que creen en Él no perezcan, sino que tengan vida eterna (Jn 3, 16)
2.- Duelo a vida o muerte. En la celebración de la Pascua, muerte y resurrección del Señor, la dialéctica entre la propuesta de vida por parte de Dios y el rechazo por parte del hombre se presenta como “un tremendo duelo entre la vida y la muerte” (himno) Es el drama de la vida humana, de la vida de cada uno de nosotros y de toda la humanidad.
Quizás necesitamos superar la idea, de tinte mercantil, de que la muerte de Cristo es el precio de la deuda contraída con Dios por nuestros pecados. Nos colocaríamos fuera del ámbito de la gratuidad del amor de Dios. La muerte de Cristo en la cruz significa, más bien, la entrega voluntaria de su vida por amor a los hombres, a quienes él llama mis hermanos. Su muerte es la prueba de su fidelidad al proyecto de vida que Dios nos ofrece y de su solidaridad con los hombres y mujeres de todos los tiempos. “El Padre me ama porque doy mi vida” (Jn 10,17) y “por eso (porque se entregó) Dios lo exaltó y le dio un nombre-sobre-todo-nombre” (Fil 2, 9)
El proyecto de vida de Jesús chocó con el modelo de vida de su mundo con todas sus estructuras que niegan la dignidad, la igualdad y la grandeza de todos los hombres y mujeres y que marginan a la mayoría impidiéndoles vivir como seres humanos y, según la fe, como hijos de Dios.
3.- ¿De qué vida se trata? “El que quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí la encontrará2 (Mt 17,25) Parece un acertijo por no decir una contradicción: salvar la vida es perderla; perder la vida es encontrarla. Jesús habla en sentido paradójico que exige poner mucha atención a lo que dice.
Dos estilos de vida, dos maneras de entender la vida: uno se refiere al modelo de vida según el mundo, que está animado por las fuerzas ciegas del instinto. Al final, termina en el vacío, en la muerte. El otro modelo de vida es el estilo de vida de Jesús de Nazaret, que da sentido a la vida y lleva al hombre a su plenitud.
Son dos modelos de vida incompatibles. O uno u otro. El que gana la vida según el mundo, pierde la vida que Dios nos ofrece por Cristo; en cambio, quien pierde la vida según los criterios de este mundo por seguir a Jesús, gana la vida.
El duelo entre la vida y la muerte llevó a Jesús a la morir en la cruz. Y, después de él, a muchos mártires. Cristo fue exaltado a la gloria del Padre y los mártires entraron en la vida bienaventurada.
Para la mayoría de los hombres y mujeres el duelo entre la vida y la muerte no implica la muerte física, pero sigue en la lucha entre los dos modelos de vida. Uno tiene que morir para que el otro viva.
Pienso que también aquí tenemos que revisar nuestra manera de hablar a fin de superar la contraposición entre “esta vida” y la “otra vida”, entre la vida corporal y vida espiritual. No son dos vidas contrapuestas, ni se vive una a continuación de la otra. La vida según Cristo se encarna y se desarrolla en la vida de cada día, en que intervienen simultáneamente el cuerpo y el alma. Yo he venido, dice Jesús, para que todos tengan vida y tengan vida en abundancia (Jn 10,10) Habla de la vida sin calificativos; se trata de la vida de los hombres y mujeres que siguen a Jesús, pero sin encerrarla en ámbitos cerrados.
El Evangelio de san Juan usa con mucha frecuencia la expresión de vida eterna. El calificativo “eterna” hace referencia a la vida divina, una de cuyas características es no está condicionada por el tiempo. Dios quiere hacernos participar de su vida desde ya, sin tener que esperar a después de la muerte. “El Padre, que tiene vida, me ha enviado y, lo mismo que yo vivo por el Padre, el que me come vivirá por mí” (Jn 6,57)
4.- Un cielo nuevo y una tierra nueva. Decíamos que el duelo entre la vida y la muerte es el drama personal de cada uno de nosotros. Pero es también, y al mismo tiempo, el drama de toda la humanidad. Y en el fondo de toda la creación. “Nosotros esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia” (2 Pe 3, 15) Esta esperanza será una realidad cuando llegue el Reino de Dios, que vendrá cuando comencemos a vivir según el modelo de vida de Jesús. El vivió entre nosotros anunciando la llegada del Reino con su palabra y con manera de actuar. Por eso pide a sus discípulos, es decir, a los hombres y mujeres que han decidido seguirle, que busquen, antes que nada, el Reino de Dios y su justicia, porque lo otro vendrá por añadidura (cf. Mt 6, 33)
De este modo la redención viene a ser una nueva creación, el restablecimiento del proyecto original de Dios. Los que, abandonando el modelo de vida del mundo, deciden seguir a Jesús son hombres nuevos y mujeres nuevas.
5.- Criterio de discernimiento. El duelo entre la muerte y la vida no termina con la Semana Santa. La Pascua, es decir, muerte y resurrección del Señor, la seguimos celebrando día tras día durante todo el año. El duelo entre la vida y la muerte sólo se resolverá con el triunfo definitivo de la vida al final de nuestra peregrinación. Mientras tanto, seguiremos recorriendo los caminos de la vida con los ojos puestos en Jesús, el iniciador y el que lleva a la perfección nuestra fe (cf. He 12, 1-2)
San Juan nos da un criterio seguro para saber cómo va el duelo entre la vida y la muerte. “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte. En esto hemos conocido lo que es amor en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3, 14.16)
Fr. Juan Manuel Pérez opDesigned by i-cons.