Las reflexiones de Fr. Juan Manuel
Comunión en la diversidad (Julio - Agosto 2010)
Tres puntos de referencia:
El proyecto de Dios para la vida del ser humano, basado en el modelo del misterio de la santísima Trinidad, unidad de Dios en la diversidad de personas, se podría formular de la manera siguiente: comunión respetando las diferencias. Está claro que la realización del misterio divino siempre quedará a nivel humano y nunca llegará a realizar plenamente el misterio trinitario.
En la familia. El proyecto de Dios para la vida humana aparece diseñado desde el principio para la unión del hombre y la mujer, transmisores de la vida: “El hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer y se hacen una sola carne” (Gn 2, 24).
No se trata de una ley o de un precepto moral, sino que es la declaración oficial de la esencia y naturaleza de la unión matrimonial: serán dos en una sola carne. Todo otro intento de formar una familia sería una adulteración de la naturaleza del matrimonio, cambiar el matrimonio por otra cosa diferente. En lenguaje popular sería algo así como “meter gato por liebre”. Con razón a la infidelidad se la llama adulterio.
Jesús confirmó el proyecto original de Dios. Ante la insistencia de los judíos, Jesús les dice que Moisés permitió dar acta de divorcio por la dureza del corazón de ustedes, que no les permite comprender. Pero, al principio no era así, porque ya no son dos, sino una sola carne. Y concluye: lo que Dios ha unido no lo separe el hombre (cf Mt 19).
¿Será posible que un día lleguemos a comprender lo que significa comunión en la diversidad entre un hombre y una mujer para tratarse como esposo y esposa y actuar como padre y madre de los hijos? En esto como en todo lo humano debemos tener en cuenta que la perfección es una meta que sólo se alcanza al final. Pero para llegar es necesario saber a dónde vamos y seguir caminando.
A nivel de la humanidad. Desde la venida de Cristo el proyecto de vida humana de comunión en la diversidad se extiende a toda la humanidad. Pluralidad y diversidad de personas, razas, lenguas y culturas reconociéndose y tratándose como miembros de la única familia humana
El evangelista Juan afirma que Cristo se entregó a la muerte de cruz para reunir a todos los hijos de Dios que andaban dispersos (cf Jn 11, 52) y en la oración que dirige al Padre en el momento de la despedida, Jesús manifiesta su gran deseo de que todos sean uno. “No te ruego sólo por ellos, sino también por aquellos que, a través de su palabra, creerán en mí para que todos sean uno. Como tú Padre en mí y yo en ti, que ellos sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 19-21).
La primera comunidad cristiana así lo comprendió y lo puso en práctica. Los Hechos de los Apóstoles expresan la comunión en la diversidad de la primera comunidad en una hermosa frase: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma” (Hc 4, 42). Entre ellos había judíos y paganos, libres y esclavos, hombres y mujeres, que vivían en comunión sin anular las diferencias. Es la misma idea que san Pablo expresa al decir que
El Concilio Vaticano II afirma que
Sacramento, es decir signo de que es posible vivir en comunión en la diversidad, formando una sola familia, siendo todos llamados a alcanzar la perfección y la felicidad.
El escándalo de la división. Pero es triste constatar que la fe en Cristo, en vez unir, fue y sigue siendo motivo de división. ¿Cuántas Iglesias, confesiones, grupos y sectas religiosas, que afirman su fe en Jesús como el Mesías enviado por el Padre y único salvador, existen separadas y combatiéndose unas a otras? La lista es larga y aumenta cada día. Iglesia católica, iglesias ortodoxas, iglesias nacidas de la reforma protestante; sectas y grupos disidentes que aparecen y desaparecen. Y pensar que Jesús pedía al Padre que todos fueran uno para que el mundo creyera.
Buscar la “reintegración de la unidad” (UR) de todos los creyentes en Cristo fue una preocupación apremiante en el Concilio Vaticano II. Se han tenido muchas reuniones y se han presentado muchas propuestas, pero el problema del ecumenismo sigue sin encontrar solución y, por lo que parece, seguiremos acusándonos unos a otros en nombre de Cristo.
A nivel más concreto. La ausencia de comunión entre los que dicen seguir a Cristo se manifiesta a diario en nuestras actitudes personales, en nuestras relaciones con los creyentes de otras confesiones cristianas e incluso, dentro de la misma iglesia católica, en la apreciación que tenemos de los distintos movimientos apostólicos en los que no estamos integrados. Buscamos diferencias dentro de
Una sola familia humana. El proyecto de Dios de comunión en la diversidad no es algo añadido desde fuera y extraño a la vida humana, sino que responde a nuestra manera de ser; pertenece a la misma naturaleza del ser humano. Por eso no es de extrañar que, sin apoyarse en la revelación, la humanidad ande buscando una organización que abarque a todos los pueblos, razas y culturas. En la primera mitad del siglo 16 el dominico Francisco de Vitoria, considerado como el fundador del Derecho Internacional, habló de la “Communitas Orbis”: un orden mundial que englobe a todos los pueblos respetando las diferencias de raza, etnia, nación, cultura y lengua.
Así nació
Dos errores que han adulterado y que han hecho irrealizable el proyecto de Dios de “comunión en la diversidad”. El primero, la uniformidad. Se prioriza de tal modo la unión quitando importancia a la diversidad que las relaciones dentro del grupo humano o de la sociedad terminan en la dictadura de una persona, de una idea o de un sistema.
El segundo, la dispersión. Se insiste tanto en el valor de la diversidad que resulta imposible la comunión. Cada uno por su lado con su idea, sin capacidad de colaborar en un proyecto común para la vida humana. La anarquía que se sigue sólo se puede controlar a base de leyes y de control policial.
Ambas maneras de adulterar el proyecto de comunión en la diversidad se han dado a lo largo de la historia, pero de una manera constante y repetida ha sido el esfuerzo por acallar la diversidad imponiendo como lazo de unión la voluntad de un dictador. Por desgracia, Dios ha sido considerado con demasiada frecuencia como el gran dictador de la humanidad.
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