Extracto de la homilía de Mons. Jesús Castro Marte, Obispo de la Diócesis Nuestra Señora de la Altagracia, el día 2 de febrero de 2026, en la Parroquia Santa Cruz de El Seibo:
“Me alegra grandemente que haya muchos sacerdotes que sean líderes, desarrollen su liderazgo profético. Que sean anunciadores del Reino, que trabajen con la justicia, la paz y el bien común de la comunidad. Porque esa voz profética nunca se puede perder o distraerse por cualquier motivo o estructura que exista, tanto interna como externa.
La vida consagrada está llamada a ser signo de contradicción por su fidelidad al Evangelio. Por eso, el que asume o profetiza y lo asume con seriedad, es una persona contradictoria. No contradictoria con la Iglesia, contradictoria con ciertos poderes, con ciertos espacios, que quizás se incomodan como dice el profeta Isaías: “me incomoda lo que dice ese ser humano, ese hombre, tu prédica me incomoda”. Y bien que se incomode, porque nosotros estamos llamados a incomodar a los demás por el Evangelio y por el Reino de los Cielos. Un consagrado no existe para agradar sino para señalar a Cristo con humildad y bondad. Sí, pero también con claridad evangélica.
Hay que repensar la misión. La misión no es un apéndice de un cristiano, es su razón de ser. ¿Cuánto más de un consagrado, de un sacerdote, de un diácono, de un religioso, de una religiosa, de un instituto secular? Las palabras de San Pablo: ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! (1 Cor 9, 16). A veces ese espíritu misionero se va apagando en la Iglesia y nos vamos acomodando y la actitud de esa misión ad gentes, de esa misión hacia afuera como dice el Vaticano II va creciendo en consciencia tanto en la vida diocesana como en la vida religiosa. Por eso hay que replantearse, repensar verdaderamente: ¿Tengo espíritu misionero? ¿O tengo espíritu de envararme en un lugar para vivir muy cómodo y no abrirnos a ese mundo que necesita la Palabra de Dios? A ese muchacho y muchacha, a ese anciano, a aquellos que están tristes en este mundo que necesitan de la Palabra de Dios.
Hay que repensar la acción y no acomodarnos a un sistema de vida que a veces va en contra del Evangelio y del Reino de Dios. Es bueno y es necesario que nos preguntemos si la pastoral de la congregación responde a los signos de los tiempos. Repasar la misión hoy implica dejarse interpelar por nuevas pobrezas. Hay pobrezas tecnológicas. ¿Cuántas personas están viciadas por las nuevas tecnologías? ¿Qué nosotros hacemos frente a esa nueva realidad? Que también a ellos hay que evangelizar. Pobreza, a veces por ese afán de tener, y no del ser, de tener dinero, de tener poder, de tener grandeza. A esos también hay que llevarles la Palabra de Dios y anunciarles el Evangelio.
No podemos hablar de dos pobrezas, la material y la espiritual. Hay nuevas soledades y a veces esas soledades están rodeadas de muchas personas pero están distanciados el uno con el otro. A esas nuevas soledades también nosotros tenemos que cultivar y desarrollar la fraternidad a través del anuncio de la Palabra de Dios. Pero también hay muchas personas consagradas que caminan a nuestro lado, con testimonio elocuente de vida abundante, fecunda y alegre. Vivan su consagración con anhelo vivo de esperanza y como expresión práctica del Amor. Oramos con especial intensidad por todas las personas consagradas que viven, oran, trabajan en esta diócesis Nuestra Señora de la Altagracia. Para que nuestra humilde plegaria sea un sencillo gesto de apoyo y cercanía, gratitud, consuelo y aliento. Que así sea”.